El gato

Entro a mi habitación y ahí está el Gato, dormido1. Trato de no despertarlo, por eso me quito los zapatos y voy de puntitas hacia mi escritorio. Con mucho cuidado saco del cajón el libro de Amélie Olaiz2. Mientras tanto, el Gato aparenta seguir dormido, lo descubro cuando mueve las orejas cada que por descuido hago un ruido. Tengo el libro sobre la palma de mi mano izquierda y no sé si empezar a leer en orden o perderme al azar entre las páginas. Una extraña inquietud se apodera de mí cuando veo que el Gato mueve la cola. Indeciso hojeo el libro hasta que la mirada se posiciona en cualquier lugar. Página 19. El Gato se estira plácido y se acerca a mí. Trato de leer y el Gato de un salto se sube a mi regazo. Acaricio su lomo gris. El Gato responde con un profundo ronroneo que me hipnotiza, pareciera que a la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos3. Todavía no comienzo a leer y la sensación de tener al Gato encima me sumerge en el recuerdo de aquel cuento de Borges en donde no se sabe si el personaje está soñando o delirando: Juan Dahlmann es un moribundo que está camino a un sanatorio, tras arribar media hora antes de la salida del tren que lo llevará a su destino, decide hacer tiempo y entrar a un café sólo porque recuerda que ahí hay un enorme Gato que se deja acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa, así lo describe Borges. Mientras endulza una taza de café y alisa el pelaje del felino, Juan piensa que aquel contacto es como una ilusión, que algo invisible separa al Gato de su mano, una suerte de cristal de pensamiento acaso incompresible: porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal (…) en la eternidad del instante. Ese mágico animal es también metáfora de la escritura, pues sin contemplar el presente no se puede escribir; sin hacerse de la experiencia, del tiempo en soledad, la escritura no se presenta. Hay que hacer tiempo como el personaje de Borges para acariciar al Gato. Sólo la escritura es capaz de desdoblar el tiempo, de hacerlo durar más de lo que el reloj puede marcar. Como si la escritura fuera una especie de tiempo líquido, un elixir para alargar la vida y simultáneamente una sentencia a la solitud. Porque el escritor es un recluso voluntario de su propia actividad, una prisión creativa en donde el escritorio está frente a una única ventana: los libros. Quizá por eso Amélie escribe que:

Todos los días se sienta frente a ella, con la vista fija y una sonrisa calma. Ahí pasa la vida”.

La escritora nos dice que sólo contemplando la vida, con una quietud alegre y fresca, uno se da cuenta de que lo ordinario sucede todos los días como algo extraordinario. Vemos que  “el Gato” nos regresa la mirada, vemos que la ventana es una oportunidad, una ruta de escape.

De acuerdo al budismo, —que sé que practica Amélie Olaiz porque somos viejos compañeros de camino— sólo una mente con atención puede percibir el instante como una totalidad pura que revela el mundo como una entidad cambiante y efímera. La escritura es en este caso un ejercicio similar: cada palabra es resultado de atención suprema, de una investigación asidua de cómo opera la realidad. De ahí que Amélie sepa encontrar fácilmente la minificción en lo más cotidiano. Parece decirnos que en cada momento de la vida hay un gato esperando a ser acariciado con total atención.

Pero también el Gato es accidente, es lo inesperado. La discreción del gato es esa inestabilidad de la realidad: nada es tan sólido como pensamos y al mismo tiempo la ficción se entremezcla con el acontecer de los días.

En la contraportada de su libro, Amélie escribe que “el Gato” se esconde tras la sintaxis de sus frases, dejando huellas muy claras de su presencia: cambia el orden de las letras, omite lo esencial o agrega algo que no debe estar. Palabra por palabra, el Gato se entromete, hace de la suyas, pero siempre lo hace en búsqueda de nuevos significados… 

El Gato es invisible, así como las manos de quien escribe. Por eso también el gato es el texto. Es la elegancia de sus manchas negras sobre su pelaje en blanco, como un cuadro que enmarca la precisión que se necesita para encontrar las palabras adecuadas para contar cada historia. De ahí que cada minificción nos acoja como un huésped, como si la página fuera una casa y el texto una ventana. Una ventana que, por cierto, el Gato está observando.

Sin embargo, al Gato no le importan nada de estas cosas, el felino se oculta tras la cortina de lo infraordinario. Tan es así que Amélie nos lanza una advertencia si es que nos aventuramos a buscarlo:

Por favor, si lo percibe, ignore cualquier señal que lo delate, porque sólo pretende atraparlo a usted con la garra de su ingenio”.

Todo aquel que escriba —o que tenga un gato en su casa— sabe entonces que la inspiración no viene si la llamas, por eso el título del libro de Amélie: A discreción del Gato. La inspiración, el genio, no está ahí cuando lo necesitas; en cambio viene en momentos insospechados, en medio de la travesía, en la desesperación del tráfico o en la sosiego de sentarse en paz en el retrete.

A discreción del Gato es también esa eterna búsqueda de las palabras y sus rutas correctas, de la obsesiva corrección, y de todo aquello que no siempre está al alcance del escritor: la simpleza. Pero Amélie parece tener una receta infalible contra todo ello, que leo justo en la página 13:

Con ambas manos apriete sus mejillas para que salgan todas las palabras posibles. Agite el cerebro para crear con ellas una historia coherente, ingeniosa y divertida. En caso de depresión inclínese por un tema sombrío plagado de tragedia. Con movimientos envolventes juegue con las frases hasta encontrar una estructura novedosa. Sazone con fantasía al gusto. Pase el texto por un cedazo y elimine las palabras innecesarias. Permita que repose en el cajón del refrigerador hasta que la levadura del orgullo regrese a nivel real. Hornee a 350 grados de corrección. Déjelo enfriar. Lea en voz alta el cuento, si el resultado no es satisfactorio repita el proceso, de preferencia use nuevos ingredientes”.

Para Amélie Olaiz la escritura es un pan, huele a lucidez. Es su cualidad sensual que nos seduce. Podemos saborear el pan con el lenguaje de los sentidos. Un cuento final que nos arrebata de la realidad con su ficción, con su capacidad de hechizo, y nos introduce a una realidad más potente que nos traslada a otro mundo, uno sugestionado por el poder de la palabra, como una prosa que va iluminando en nuestra mente un cuarto oscuro. De ahí que ciertas historias persistan en nuestra memoria.

Amélie explora una de sus obsesiones favoritas: la de hurgar en la realidad cotidiana más trivial para que aflore ante nuestros ojos todo un insospechado mundo de asombro.

El Gato ahora se levanta y en perfecto balance comienza a encajar sus uñas en mi estómago, como si amasara una pizza. Sigo hojeando el libro y encuentro Ideas en tormenta, en la página 99 : “Deseosa de encontrar silencio y calma, arrumbó las palabras en la covacha del pensamiento”, escribe Amélie como diciéndonos que a veces el silencio es necesario, como la calma para al gato antes de dormir.

Y con esto en mente, guardo mis palabras para pasar el Gato a ustedes, los lectores.


  1. Del cuento El sur, de Jorge Luis Borges, contenido en Ficciones,VINTAGE BOOKS, Nueva York, 2012.
  2.  A discreción del Gato, Amelie Olaiz, Amarcafé, México 2016.
  3. Del cuento El sur, de Jorge Luis Borges, contenido en Ficciones, VINTAGE BOOKS, Nueva York, 2012. La frase merece un ensayo completo.
Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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