La poesía como certeza

Una vez en un poema 

(Once in a Poem)

Por John Berger

Traducido del inglés al español por Javier Tinajero R.


Los poemas no se parecen a las historias, aunque estos sean narrativos. Todas las historias son sobre batallas que de una u otra manera terminan en victoria o derrota. Todo se mueve hacia el final, cuando el desenlace está por revelarse.

Los poemas, de forma independiente a cualquier desenlace, cruzan los campos de batalla atendiendo a los heridos y escuchando los monólogos salvajes de los victoriosos o de los que tienen miedo. Traen una especie de paz. No por anestesia o por sencilla tranquilidad, sino por el reconocimiento y la promesa de que lo que se ha experimentado no puede desaparecer como si nunca hubiera existido. Sin embargo, la promesa no es de un monumento. (¿Quién todavía quiere monumentos en el campo de batalla?) La promesa es que el lenguaje ha reconocido, ha dado refugio, a la experiencia que exigía, que gritó.

Los poemas están más cerca de las oraciones que de las historias, pero en la poesía no hay nadie detrás del lenguaje que es recitado. Es el lenguaje por sí mismo que tiene que ser escuchado y reconocido. Para el poeta religioso, la Palabra es el primer atributo de Dios. En toda la poesía, las palabras son una presencia antes de que sean un medio de comunicación.

Sin embargo, la poesía usa las mismas palabras, y más o menos la misma sintaxis que, digamos, un informe anual general de una corporación multinacional. (Empresas del mundo moderno que preparan los más terribles campos de batalla para su beneficio.) ¿Cómo entonces la poesía puede transformar el lenguaje que, en lugar de simplemente comunicar información, escucha y promete y cumple el papel de un dios?

Que un poema pueda usar las mismas palabras que un informe de una empresa no significa más que el hecho de que un faro y la celda de una prisión pueden ser construidos con piedras de la misma cantera, unidas por el mismo mortero. Todo depende de la relación entre las palabras. Y la suma de todas estas posibles relaciones depende de cómo el escritor se relaciona con el lenguaje, no como vocabulario, no como sintaxis, ni siquiera como estructura, sino como principio y presencia.

El poeta coloca al lenguaje más allá del alcance del tiempo: o, para decirlo de forma más precisa, el poeta se acerca al lenguaje como si fuera un lugar, un punto de reunión, donde el tiempo no tiene finalidad, donde el tiempo está rodeado y contenido por sí mismo.

Si la poesía a veces habla de su propia inmortalidad, la afirmación es más amplia que la del genio de un poeta en particular en una historia cultural específica. La inmortalidad aquí debe distinguirse de la fama póstuma. La poesía puede hablar de inmortalidad porque se abandona al lenguaje, con la creencia de que el lenguaje mismo abarca toda experiencia, todo pasado, presente y futuro.

Entonces hablar de la promesa de la poesía sería engañoso, porque una promesa se proyecta hacia el futuro, y es precisamente la coexistencia de futuro, presente y pasado que propone la poesía. Una promesa que se aplica al presente y al pasado, así como al futuro, puede llamarse mejor: una certeza.


Traducido de: And Our Faces, My Heart, Brief as Photos, John Berger.

John Peter Berger (Londres, 1926 – París, 2017). Crítico de arte, pintor, ensayista, novelista y poeta. Su juventud estuvo marcada por la Segunda Guerra Mundial, en la que participó como soldado en el ejército británico. Al finalizar la misma, retomó sus estudios de arte y, poco después, empezó a dar clases de dibujo en la misma escuela donde Henry Moore impartía clases de escultura. Berger escribió artículos como crítico de arte en el New Statesman y en el Tribune, bajo la supervisión de George Orwell. Durante este período, trabó vínculos con el partido comunista británico, y, a los treinta años, decidió dedicarse por completo a la escritura en un arrebato de compromiso político ante la inquietante realidad de la Guerra Fría. En 1958 publicó su primera novela, Un pintor de nuestro tiempo, que fue duramente criticada.

Dentro de su extensa obra se pueden encontrar novelas, ensayos, poesía, artículos en prensa e incluso guiones de cine y obras de teatro. Entre sus ensayos destaca Modos de ver, libro de referencia para toda una generación de historiadores de arte. En 1972 ganó el prestigioso Booker Prize por su novela G y, durante los años ochenta, publicó la famosa trilogía De sus fatigas, en la que abordó el cambio social provocado por el tránsito de lo rural a lo urbano. Fue uno de los novelistas y ensayistas más originales y relevantes del mundo anglosajón y evidenció su compromiso con la escritura como medio de lucha política.

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

Escribe un comentario

A %d blogueros les gusta esto: