Un cronopio perdido 

Para M.

El descubrimiento no fue fortuito como todos los descubrimientos, sino una cadena de absurdas causalidades. Para empezar, ese día me levanté más temprano que de costumbre y eso me puso por detrás de los acontecimientos. Llegar antes a todos lados es peor que llegar tarde, uno tiene que rellenar el tiempo, masticarlo con fuerza para estirarlo al máximo, y eso, lo sabemos los que no podemos vivir sin un chicle en la boca, puede explotarte en la cara. Pero no me quedaba de otra, tuve que hacer tiempo para la entrevista de trabajo pactada al mediodía. Aún no entiendo por qué las editoriales te citan a esa hora, tal vez quieran asegurar la puntualidad bajo la idea de que todos los escritores llegan tarde porque somos insomnes y desordenados. El caso es que me desayuné a las 7 y no a las 8, me tomé mi tercera taza de café a las 8:30, leí el periódico hasta las 9, revisé de nuevo la documentación que iba a entregar a la editorial, planché con aprehensión inmaculada la camisa y el pantalón, y le saqué brillo obsesivo a mis zapatos para salir de casa a las 10 en punto y caminar lo más lento posible rumbo al metro, incluso paré en la taquilla para formarme en la cola y comprar más boletos que no necesitaba. El metro hizo lo suyo y se detuvo, como siempre, durante largos minutos en todas las estaciones. Toda esa suma de lentitud fue ejecutada por mí de forma muy precisa y aún así no fue suficiente para llegar a la hora de la cita porque me sobraban unos 21 minutos exactos. Pensé en tomarme otro café pero ya de por sí me sentía muy ansioso por la entrevista y no quería llegar con exceso de sudor en las manos. Entonces recordé que estaba cerca de la calle Donceles, así que decidí pasarme por aquella librería de viejo que era famosa entre las demás por apilar los libros en el suelo como si fueran a ser quemados y no como las otras que seleccionan y hasta los restauran para exhibirlos en bonitos anaqueles. El jardín de los senderos que se bifurcan estaba abierta y un gran gato viejo estaba ahí vigilando la entrada. Se llama Borges, me dijo el librero para constatar que el peludo bodoque en efecto estaba medio ciego; detalles que otro día, tal vez, me hubieran parecido irrisorios. En la librería había de todo, desde ejemplares en buen estado hasta cosas que ya no pueden llamarse libros. Pasé la mirada por unas cuántas pirámides de papel y fue en ese momento que en la cima de una de ellas vi una copia muy maltratada de una novela desconocida para mí, se trataba de El sol, de Emilio Carballido. Estaba ahí, pequeño, deshojado, casi imperceptible, y además estaba amarrado con un largo lazo que sujetaba sus páginas. Al tomarlo noté que era bastante pesado para su tamaño y que tenía un olor extraño. Tardé un tiempo en desatar el nudo que estaba endurecido por el paso del tiempo. Al hacerlo me corté con el extraño filo de una de las páginas y manché de sangre la portada. Cuando por fin pude abrirlo para hojearlo, algo se movió por dentro, algo que vino a mi mente como el recuerdo de una mariposa negra en la pared del cuarto de mi infancia. Bien escondida entre las hojas, doblada como una rara especie de origami, tenía inscrita en el extremo de una de sus alas la palabra “abrir”. La hoja era vieja y muy ligera como aquel papel que se usaba antes para las cartas, el papel avión. No me fue fácil deshacer su forma de mariposa sin maltratarla, en algunos bordes el papel se había trozado, sin embargo aún se podía leer lo que en ella estaba escrita a mano con pluma azul, era un poema con dedicatoria para M y firmada por J en una fecha que parecía haber sido borrada intencionalmente con agua. Cuando leí el poema supe de inmediato que era de Julio Cortázar, lo cual me hizo reír con algo de nervio. Imaginé que quizá otro Javier, o tal vez otro Julio en otra vida, se desdobló en el tiempo y tomó la inicial y las palabras del escritor argentino como suyas para regalarlas. Debajo del poema había otra peculiaridad, estaba escrita con lápiz y una letra distinta los números 17 y 18. En seguida pensé que se trataba de una marca en las páginas del libro, quizá había un mensaje cifrado. Busqué dicha numeración y hallé un pasaje subrayado que, en efecto, cruzaba las páginas señaladas. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando comencé a leer: «Ella estaba sentada en el brocal del pozo y se trenzaba el pelo, lo tiene muy largo y denso, y había palomas revoloteando y el trinar de canarios y cenzontles…». Tanto se parecía a un sueño mío, uno de esos recurrentes que me acosaban desde hace años. Sentí un mareo y el librero preguntó si me sentía bien, no respondí porque vi en el reloj de la librería que faltaban 5 para las 12. Tomé el manojo de hojas y lo llevé con prisa al mostrador para pagarlo. Mientras sacaba el billete de 20 pesos me pregunté cómo es que el libro terminó abandonado ahí; y quién era M, la misteriosa dueña de esa mariposa. Pensé en que tal vez M y J se comunicaban entre sí a través del libro y ahora lo hacían conmigo, como si las palabras contenidas en la carta-poema quisieran ser encontradas y entendidas, palabras que al fin eran halladas anacrónicamente por un desconocido. Eso me hizo recordar todas las veces que yo he dejado ciertos indicios, huellas secretas en mis libros, un pequeño dobles aquí y allá, como si de esa manera pudiera burlar el tiempo y quedarme con una pequeña porción de la memoria de quien encuentre mis señales. El librero volvió a preguntar si estaba bien, su voz tozuda fue la que me trajo de nuevo a la realidad. Ya estoy retrasado para mi cita, dije, o pensé que lo dije, mientras me marchaba con apuro de ahí. Pero al salir a la calle, justo cuando sentí el sol en la cara, tropecé con algo, una piedra o el pie de un dios invisible me lanzó junto con el libro por los aires, el tiempo se quedó ahí suspendido, tan sólo por un momento en que las páginas volaban como una bandada de pájaros heridos, y luego aquella nube de hojas desordenadas se vino abajo, lentamente, en silencio, como el otoño cuando cae. Mis manos golpearon el piso y al instante mi cabeza mientras escuchaba el sonido de todo el aire salir por mis pulmones. Ahí tirado en el asfalto caliente, humillado por mi reloj que ya marcaba las 12 en punto, ante las risas de algunos transeúntes, en ese fatídico instante, tarde para la vida y muy temprano para la muerte, se posó a mi lado, casi como una caricia en la mejilla raspada, aquel papel envejecido por el olvido que antes fue una mariposa. ¿Acaso la carta-poema quería ser leída de nuevo? Todo cobró sentido cuando noté que J había subrayado unas palabras:

Por veredas de sueño y habitaciones sordas

tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos

Una cifra vigilante y sigilosa

va por los arrabales llamándome y llamándome

pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta

donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo

si la cifra se mezcla con las letras del sueño,

si solamente estás donde ya no te busco.

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

Escribe un comentario

A %d blogueros les gusta esto: