Escribir al aire libre

Fotografía: Julio Cortázar a los 68 años de edad.


Para Rosina Saldivia (1940-2017),

que me regaló mi primera máquina de escribir.

(¡Te escribiré aunque ya no estés!)

La historia de esta fotografía es la suma de unas “últimas veces”. Se trata de uno de los últimos retratos que tomó Carol Dunlop a Julio Cortázar cuando viajaron durante treinta y tres días a bordo de una Combi Volkswagen roja por toda la Autopista del Sur de Francia que une París con Marsella. También fue el último viaje que hicieran juntos, ella moriría seis meses después y él pasados los dos años, el 12 de febrero de 1984. La travesía terminaría en un libro, el último de narrativa que publicó Cortázar en vida, Los autonautas de la cosmopista (Muchnik Editores, Barcelona, 1983), un libro-bitácora, escrita a cuatro manos como una mutua despedida, que narra detalladamente el viaje de principio a fin. 

En la fotografía podemos ver a Julio Cortázar sentado frente a su máquina de escribir en medio del bosque1, posa como si en ese momento Carol Dunlop dijera “¡hey! ¡voltea!”. La imagen viene con un divertido pie de foto: «La mirada que anuncia algún descubrimiento científico de importancia». Es el principio de un juego que elimina toda pretensión con humor. Se ríen de sí mismos, están enamorados. El «amor» es ese leitmotiv, una palabra que cruza todo el libro y se despliega de forma tácita en otras fotos similares; en una de ellas Julio pregunta a Carol:

—¿Cuántas veces me vas a fotografiar escribiendo?
—Muchas. Hay que convencer a los lectores de la seriedad de nuestro trabajo científico.

Puedo imaginar el sonido del obturador atravesando el tiempo, el olor de la hierba humedecida por la primavera y la luz del sol que se filtra entre las hojas de los árboles, mientras Julio voltea a ver a Carol con una sonrisa en los ojos. El instante se queda en la memoria y se percibe así: como el eco de una risa compartida.

Lo que llama la atención en la fotografía es la sensación de libertad que emana de ella. Julio escribe al aire libre, como si el entorno fuera parte de la misma escritura, de las palabras que celebran lo salvaje del momento, del gozo de hacer lo que te gusta y además en compañía de alguien que lo aprecia y lo registra como suyo en el tiempo. Ya lo dijo Thoreau: «Todo lo bueno es libre y salvaje» y «en la literatura sólo nos atrae lo salvaje»2.

De Julio Cortázar se sabe que escribía donde fuera, tan sólo necesitaba una silla y algo parecido a una mesa para poner su máquina de escribir, una Olivetti Lettera 22. Cuando en una entrevista3 le preguntaron cuáles eran sus lugares preferidos para escribir, Cortázar contestó que no tenía:

Escribo cuando estoy seguro de tener algún silencio. No puedo escribir si hay música, eso está absolutamente excluido. La música es una cosa y la escritura es otra. Necesito una cierta calma; pero, dicho esto, un hotel, un avión a veces, la casa de un amigo, o aquí en casa, son lugares donde puedo escribir.

Como si el lugar de la escritura no fuera un espacio físico sino una circunstancia, como si el silencio fuera eso, una extensión del escritorio o del papel en el cual uno pudiera sumergirse voluntariamente, una condición atemporal en donde uno pudiera estar presente. Pero ese silencio es huidizo en sí mismo, hay que rastrearlo en el camino, hallarlo muchas veces para habituarse y sustraerse en él. Así lo describía Virginia Woolf en A Room of One’s Own (1929), un lugar real que no está en el espacio sino en el sobrecogimiento por las cosas:

Parece ser algo muy caprichoso, muy indigno de confianza: ora se la encuentra en una carretera polvorienta, ora en la calle en un trozo de periódico, ora en un narciso abierto al sol. Ilumina a un grupo en una habitación y señala a unas palabras casuales. Le sobrecoge a uno cuando vuelve andando a casa bajo las estrellas y hace que el mundo silencioso parezca más real que el de la palabra4.

Vuelvo a mirar la fotografía y noto que la máquina de escribir de Cortázar no tiene puesta ninguna hoja papel, parece justo lo que imaginaba: escribe al aire, escribe libre, porque no importa el dónde ni el porqué, «cuando uno quiere escribir, escribe». Sobre ello, Julio Cortázar señalaba que ante todo estaba el caos: «lo que no ha cambiado, y no cambiará nunca —subraya en la misma entrevista— es la anarquía total y el desorden». Algo que en apariencia es fácil, pero que representa ese aire de libertad creativa que tiene un escritor maduro, obtenida no por un golpe de suerte, o de genio innato, sino por la práctica asidua, por la cantidad de errores cometidos y por los riesgos que ha decidido tomar; alguien que ha logrado encumbrarse con las palabras y desde ahí se ha arrojado al abismo de decir algo. Alguien que escribe al aire… libre.


Notas:

  1. Posiblemente el viernes 4 de junio de 1982, en el paradero Aire de la Foret
  2. Henry David Thoreau. Caminar, Andorra Exprés, Madrid 1998
  3. The Paris Review, Julio Cortázar, The Art of Fiction No. 83, Interviewed by Jason Weiss, ISSUE 93, FALL 1984
  4. Virginia Woolf, Una habitación propia, Seix Barral, España 2008
Javier Tinajero R.

Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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