Cantos rodantes

Fotografía:  The Sculptor’s Studio, Touching and Retouching. Zeke Berman (1980)


Las palabras son extrañas. Dicen las cosas pero no son las cosas. Nos ayudan a apuntar: ése es el mar, esto es mío, no vayas por ahí. Pero esas señas no son suficientes. Harán falta libros gruesos con amplios lomos, como espaldas de grandes pensadores, colosos de papel, para decir que el Ser es Tiempo, que la Tierra no es plana y que todo inició con una gran explosión. Hay un big bang del lenguaje, las palabras también se expanden y cambian, y algunas se mudan a la Torre de Babel. Un tratado de retórica, un letrero mal hecho, la estática en la radio, un malentendido, una acusación sin fundamentos. La confusión entre el cause y el cauce, tu casa y mi caza, mi habitación y la prisa del cuarto para las cuatro. Las palabras revelan y se rebelan del sentido, huyen en ese momento que están en la punta de la lengua, trasnochan, se embriagan de poesía y regresan al sinsabor de la resaca, de la realidad de la carne y los nervios molares. Tal vez por eso tú a veces no hablas bien, tartamudeas, te-cues-ta-de-cir-las-co-sas, te las guardas. Sin embargo nadie sabe que de pronto las anotas en una pequeña libreta; y sí, quizá la boca se rehúsa y te muerdes la lengua o tu vocabulario se revuelve en el estómago o te da pena hablar en público, pero hay magia en tus intestinos. Lo notas cuando conectas la entraña con las manos y empiezas apalabrar el tiempo, a acariciarlo como si fuera un piano invisible: escribes, ves melodías en las palabras, te acercas a ellas y te hacen bailar y las diviertes y ellas te retribuyen con pensamientos lúcidos mientras te mueves a lo bruto y cantas, y eres feliz porque sabes que te ha besado la inspiración. Entonces recuerdas que ese beso tiene peso cuando su primera letra ve y se voltea para enterrarse o enterarse de que ese amor no sólo es efímero sino también confuso. Picas piedras, esculpes o escupes palabras, te enojas: gritasyjuntaslaspalabrasynotentiendesconadie, pides ayuda y alguien viene y te dice que necesitas la calma del jardinero, que las palabras se podan, que les eches agüita y las cuides de la sol-edad. Pero no, a ti te gustan las rocas, los caminos terregosos, los desiertos, porque sabes de todo el silencio que han guardado hasta llegar a ser lo que son. Y te repites: escribir es pulir palabras hasta convertirlas en cantos rodantes. Tú eres el río de Heráclito, la forma del agua, la sed. Entonces regresas y borras porque te das cuenta que hay palabras que no deben ser escritas. Te hundes en el papel como si fuera una nube y te sorprende una palabra voladora con sobrepeso, gorda pero inteligente como un elefante, pesada y gris como el ayer. Ayer, ayer, ayer estaba contigo, escribes. Y de la tristeza esa palabra te manda a terapia y entonces te recetan esas pildoritas azuladas, dos palabras sublinguales cada 12 hrs, dos pequeñísimas porciones de sentido que pones en la palma de la mano como un sólo trozo de tiempo a la medianoche, la misma hora que todos los relojes señalan con sus manecillas puntiagudas hacia arriba, como pararrayos esperando la precisión, la descarga del ahora. Las tragas con pura saliva y estás de vuelta, era cuestión de vida o muerte, te repites, vida y muerte son palabras mayores, grandes, con pocas letras pero graves. Y te preguntas cuántas más necesitas para llegar a lo que quieres decir, que no existen suficientes para reforestar las montañas, que no hay tantas para nombrar todas las formas de las nubes. Pero haces el intento. Te quitas los zapatos y te internas en las selvas de la noche con una sola palabra como lámpara: poesía.

—Javier Tinajero R. @nuberrante

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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