¿Carta o poema?

Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos.

—Julio Cortázar

No te voy a mentir, estuve varios días pensando en lo que iba a escribirte hoy. ¿Carta o poema? Me lo pregunté cuantiosas veces. Porque una carta se escribe con la calma en la mano y de preferencia en papel, pero la poesía se escribe al aire, a vuelapluma, en un arrebato que te empapa como un aguacero hasta los huesos. El problema es que las palabras también se mojan y así cuesta trabajo encenderlas («Los verdaderos poemas son incendios», dijo Huidobro)Por eso hay que tender las palabras al sol y esperar. Y esa espera es como el viento que seca la ropa, las ondea y las carga de significado para que uno pueda descolgarlas y, en ese proceso, darse cuenta de que el lazo de tender es en esencia otra palabra que permanece oculta pero que sostiene a todas: Tiempo.

Tiempo y escritura son sinónimos aquí. Tiempo que se expande en blancos significados; escritura que toma tiempo y bebe de su cauce: el presente. Presente, el cordón umbilical de la vida.

No me malentiendas, si bien escribir lleva tiempo, al tiempo no le importa lo que hayas escrito. Uno escribe los días, pero esos días no vuelven.

Mejor regreso a lo primero: ¿esto es una carta o un poema? Y te lo repito, había planeado escribir algo más personal, algo que pudieras llevarte a la boca y paladear todo el día, algo dulce, más breve, más entrañable; pero qué puede ser más personal que escribirte una carta, y quién lo hace en esta época de la comunicación instantánea, quién se toma más tiempo para describir una emoción que puede ser resumida en un emoticón con un veloz toque del dedo; quién se atreve, siquiera, a detener la vorágine electrónica de la prisa y comprar papel.

Me gustan las cartas. Aunque el placer de escribirlas se concentra en las manos, también se escriben (y se leen) con todo el cuerpo. El olor a papel, ah, ese blanco radiante que exalta los sentidos y ralentiza el tiempo, es el aroma del ahora. Las líneas manuscritas juegan con la mirada y la seducen como una danza ritual entre sombras y significados. La tinta negra o azul construye un puente entre lo escrito y la noche, entre el día y los sueños, entre lo dicho y el deseo. Sólo se escucha el roce de la piel con la superficie del papel, el sonido de la pluma que también habla como en susurros, el del pensamiento que fluye rocoso y cae como una cascada por el borde de la hoja. Los rumores de la carta se acrecientan conforme uno avanza en la escritura hasta que uno llega al punto final, ese silencio redondeado parecido a un hoyo negro, y ahí uno se pregunta si ha dicho todo, si faltan o sobran palabras, si ese punto es suficiente para callarse la boca. Luego hay que doblar la hoja con la precisión despierta de una ceremonia para después meterla en un sobre y cerrar la carta con la lengua salivosa. Saborear ese momento es como una promesa cumplida. Y aunque en apariencia la carta está terminada, todavía queda un tramo largo en la travesía, falta llevarla a la oficina de correos, pegarle los timbres, escribir el nombre y la dirección del destinatario para finalmente meterla al buzón y volver a casa pensando en el tiempo que transcurrirá hasta el día en que llegue a tu puerta, ante la incertidumbre de que la carta se pierda o que tal vez la muerte te impida leerla. Siempre está ese factor temporal amenazándonos: la vida está enlazada a la muerte. 

Por eso una carta es una suerte de obsequio de tiempo: adentro hay una extraña forma de conversación entre ausentes no sólo por la distancia, también las palabras transportan a los vivos con los muertos: yo estoy aquí mientras tú me lees; tú estás aquí mientras yo te escribo. Otra vez la relatividad juega con nosotros: tu presente es mi pasado y mi presente será tu futuro, pero una vez abierta la carta los dos habitaremos, tan sólo en el momento de la lectura, el mismo tiempo. («Como que estoy escribiendo en el momento mismo de ser leído», dijo Clarice Lispector.) De ahí que haya otra manera de nombrar a este regalo (y a cualquier regalo): presente.

Te escribo y te ofrendo mi presente. Te escribo para sujetarme en lo intempestivo del momento. Te escribo y cada palabra me guarda en el tiempo. Te escribo y cada palabra es un instante que tratará no sólo de pervivir en el papel, sino en tu memoria.

Pero quiénes somos sino esos momentos que persisten a través de nosotros. Tal vez por eso dicen los antiguos poetas que la memoria está en el corazón. Lo más preciado, lo más vívido, se encuentra ahí atesorado en una caja de dimensiones infinitas y llena de paisajes secretos. Quiénes somos sino coleccionistas de recuerdos, de millares de instantes, de pequeños fragmentos de lo fuimos y también de lo que quisimos y nunca pudimos ser. Quiénes somos sino ese intento por contrarrestar el olvido, barriendo el polvo, lavándonos los dientes, escribiendo con cuidado aquí y allá las cosas que para nosotros importan: para mí el amor, ese pajarito que una vez encontré malherido debajo de un árbol; y la libertad, ese momento en que el pajarito volvió a volar.

Dice Bukowski que para escribir un poema uno debe empezar como si escribiera una carta de confesión. Y dice Octavio Paz que los poemas no son confesiones sino revelaciones. ¿Y qué tiene que ver todo esto contigo? «Todos los viernes te regalaré un poema», esa es mi promesa, aquí está:

Hoy te escribí un poema

pero terminó siendo una carta

es mi día que se hace tarde

es un pájaro herido de noche

es esta lluvia que no cesa.

—Javier Tinajero R. @nuberrante

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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