En un sustrato de niebla

Y a veces, en mitad de la calle ―por fin sin que reparen en mí― me detengo, vacilo, busco algo así como una nueva dimensión, una puerta que dé al interior del espacio, al otro lado del espacio, donde sin pérdida de tiempo pueda huir de mi conciencia de los otros, de mi intuición demasiado objetivada de la realidad de las vivas almas ajenas.

—Fernando Pessoa.

Esta historia comienza al final de un viaje.

Era de noche cuando llegué en tren a la ciudad de Pessoa y de la saudade, mi última parada antes de regresar a casa. Razón suficiente para ir a Alfama, un barrio de pescadores donde dicen que nació el Fado, el canto más antiguo y popular de Portugal.

Hacía frío y yo iba mal abrigado, de suerte que me vino bien caminar por esa loma empinada. Mi guía eran las vías del antiguo tranvía que aún anda en la moderna Lisboa, un recordatorio de que el tiempo no puede ser descarrilado. Subí unos veinte minutos hasta la dirección señalada. Era una casa blanca sobre una colina. Una puerta de madera vieja, entreabierta, dejaba escapar una luz amarillenta que alumbraba de forma tenue el empedrado de la calle. Usé la aldaba de hierro en forma de puño para tocar tres veces, pero nadie vino a la entrada. Asomé la cabeza y lo primero que vi fue una escalera de caracol que parecía sostenerse en un sustrato de niebla. Me dio esa sensación de estar dentro de un sueño, por eso bajé de puntitas para no despertar a quien me estaba soñando. Iba a tientas escuchando el eco tenue de mis pasos, uno a uno, hasta llegar abajo en donde se abría un estrecho pasillo que desbocaba hacia un auditorio con un pequeño escenario. Habían siete mesas iluminadas con velas, todas ocupadas por unas cuantas parejas de portugueses que permanecían muy juntitos entre la penumbra y un íntimo silencio. Por fortuna había un lugar libre en la barra del bar y me senté. El cantinero notó que tenía frío y sin decir una palabra me sirvió un trago de oporto. Todo el lugar olía añejo, parecía otro tiempo, otra época. De pronto, dos músicos entraron al escenario y una luz cenital los iluminó por encima de sus cabezas, ambos con sus instrumentos en la mano, caminaron con una atención acrecentada, como si no quisieran romper el aire. Cada uno se colocó en un extremo contrario del escenario, dejando un espacio vacío en medio. Luego, los sonidos de las cuerdas empezaron a ocupar el lugar con una melodía llena de nostalgia y melancolía. Al mismo tiempo, detrás de un telón rojo, salió un hombre vestido de negro, su cabello largo y trenzado le daba una apariencia andrógina. Se paró frente al auditorio con un semblante triste pero hermoso, parecía buscar algo con su mano en el bolsillo interior del saco. Era una hoja vieja de papel que desdobló con mucho cuidado para no quebrarla. Entonces el hombre se dirigió a su público con la mirada y se puso a cantar.


Eso fue lo que escribí en mi diario de viaje —parte ficción, parte verdad— cuando tuve la oportunidad de viajar a Europa en el invierno del 2014. Aquella noche en Lisboa viví una experiencia que creo no puede ser compartida más que escuchado el mismo Fado que cantó ese hombre, siendo también un pretexto perfecto para traducir la letra de la canción del portugués al español:

Guía


de Pierre Aderne y Marcio Faraco,
cantada por António Zambujo.

 

He atravesado el océano
sin tu amor de guía
sólo el tiempo en mi bolsillo
y el viento que me seguía

He vencido colinas de lágrimas
desiertos de agua fría
tempestades de remembranzas

pero tú ya no me querías más
tú ya no me querías más

He buscado tierra firme
en cada onda que subía
el sol cegaba mis ojos
toda la noche te perdía

Adentro en el pensamiento
se volvió todo melancolía
agua, sal y sufrimiento

porque tú no me querías más
tú no me querías más

Ya era agosto, cuando me desperté en la playa
vi llegar la primavera, hice una nueva cama de flores
recuerdo todos sus colores
cantaré bajito para ellas

Hoy te hablo en secreto, de esa pasión olvidada
para no despertar la saudade
para no despertar el miedo
pues un amor de verdad
sueña por el resto de la vida

Pero tú ya no me querías más
tú ya no querías más
tú ya no querías más.

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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