Al ritmo de la nada

Lo sabes: escribir es solo una forma más de resistirte al paso del tiempo. Y aunque las palabras pervivan en el papel, esos días no vuelven. No volverá aquella tarde que caminaste horas con los pies empapados y sentiste por un instante que la lluvia bautizó tu nombre. No volverá esa persona que estuvo contigo cuando descubriste que querías escribir, y tampoco lo hará esa sensación ingrávida que te dio haber publicado tu primer texto. No lo harán las lecturas, aunque conserves con codicia los libros, tan sólo quedará ese lejano recuerdo entre las páginas: ese separador improvisado, una fotografía, un boleto el metro, una carta nunca enviada, una tenue anotación en los márgenes del texto de algo que en su momento te pareció vital. No volverán esos besos, ni esos insomnios compartidos, ni esas mañanas de resaca, ni esas visiones que sólo se proyectan en la espalda desnuda de una persona que ha dormido contigo. Pero la vida te ha dado cosas buenas y cosas malas, lo justo para que puedas diferenciar entre ellas. Has dormido muchas veces y has despertado la misma cantidad, a veces con miedo, a veces con la fuerza que te da la libertad de hacer lo que te gusta, y ahí has mantenido el calor de tus sueños, a penas una chispa para que no muera el fuego. En efecto, lo has hecho, has llegado hasta aquí y aún existe ese cosquilleo en la punta de tus dedos, esos rumores de palabras que desean salir de tu piel para ser soñadas en voz alta. Cada esfuerzo es nuevo, cada texto que escribes te libera y te impulsa hacia adelante, hacia las fauces de esa quimera que llamas «camino». No obstante te la pasas imaginando que aún te esperan cientos de viajes, millones de páginas, tres o cuatro puñados de inviernos, uno o dos enamoramientos, cuando has visto una y otra vez que todo eso es un vil autoengaño, que el tiempo que te queda es breve y que solo tienes una certeza para el resto de tu vida: escribir. Y aunque sabes que todo se irá irremediablemente al olvido, no te importa, seguirás escribiendo al ritmo de la nada hasta que llegue la hora de tu muerte.

Carta a mí mismo. 31 de agosto de 2018, Ciudad de México.

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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