Não sou nada.

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Se añora la infancia porque fue una edad anterior al tiempo.

—Santiago Daydí-Tolson

Recordar viene del latín recordarire (de nuevo) y cordis (corazón).  Significa: volver a pasar por el corazón.

I

Lágrimas en la lluvia

Tenía siete años cuando me vi por primera vez en un espejo. Lo recuerdo bien. Fue en el parabrisas del automóvil de mi familia, un hermoso cochecito negro de marca Renault’ 12 que tosía como un gato viejo aquella noche que mi papá intentaba arrancarlo.

Recuerdo que el motor comenzó a ronronear justo en el momento en que mi hermano y yo saltamos al asiento trasero, como si el coche supiera que ya estábamos listos para la travesía nocturna.

Ir por una pizza era una actividad que disfrutaban mi madre y mi padre para salir de casa los viernes después de una pesada jornada de trabajo. Se les veía felices, aventándose besos y cáscaras de mandarina mientras íbamos al lugar de siempre: las Pizzas Don, un changarro que aún existe el día de hoy en la colonia Doctores, muy cerca del Viaducto Tlalpan.

El trayecto era largo, alrededor de una hora desde nuestra casa en Nezahualcóyotl, pero a mí me gustaba ese tiempo que se sentía alargado y fluido como la carretera. Me gustaban las luces de la ciudad, me gustaba sentir la ligereza que implicaba el viaje, la sensación de movimiento, el viento de novedad que me pegaba en los ojos.

Esa luminosa noche de 1989 comenzó a llover justo a la mitad del camino. Mi mamá cerró su ventanilla y me acuerdo, no me acuerdo que puso un cassette y sonaron los Creedence con sus voces de otra época: Have you ever seen the rain? Su canción favorita y ahora también la mía, pues es la música que escucho en mi recuerdo.

La refracción en el vidrio era extraña. Sabía que era yo, pero no era yo. Había una deformidad que se amplificaba cada que pasábamos cerca de un poste de luz o cuando otro coche se acercaba y con sus luces nos alumbraba. Yo estaba casi pegado al vidrio e intentaba tocarme, asirme a lo que me miraba.

Cuando mi padre estacionó el coche y el reflejo se desvaneció, me abordó una misteriosa tristeza, una desazón que me acompaña hasta el día de hoy, de algún tiempo a esta parte. ¿Qué había perdido en los ojos de esa extraña ilusión que parecía tan mío? Es como si esos ojos estuvieran adentro, como si al mirarme se viera también él, y en esa reciprocidad, cada uno en su lado del espejo, nos viéramos lejanos y a la vez próximos. No sé por qué, pero comencé a llorar. Había caído por primera vez en el abismo del yo, del tiempo. Sabía —quizá sin siquiera haberlo pensado demasiado y con la intuición de un niño— que estaba destinado a buscar a ese pequeño de cabello negro y de ojos brillantes el resto de mi vida.

II

La eclosión del pensamiento

En su propia búsqueda, el niño poeta de Arthur Rimbaud escribió Je est un autre (yo es un otro). Es el fragmento de una carta escrita a Paul Demeny, fechada el 15 de mayo 1871:

Para mí es algo evidente: asisto a la eclosión, a la expansión de mi propio pensamiento: lo miro, lo escucho: lanzo un golpe de arco: la sinfonía se remueve en las profundidades.

Para Rimbaud, el yo siempre fue algo inexplorado, sólo la poesía podía abrirlo a nuevas dimensiones, hacerlo aparecer ante sí mismo en el espejo del asombro y ver el mundo con los ojos de la «primera vez», como un niño. Porque, ¿qué sería de la poesía sin el imaginario de la infancia? La imaginación es resistencia al tiempo y a la identidad.

Quizá por eso Fernando Pessoa, «el desconocido de sí mismo» (así lo llamaba Octavio Paz), fue muchas personas a la vez. Siendo Campos, Caeiro, Reis o Soares diría que el arte del niño es irrealizar, tomar el mundo con la mirada del juego y transfigurarlo: soñarlo. Pessoa, el «Eterno niño», escribió sobre su infancia como una remembranza alegre: Recuerdo otro oírte. / No sé si te oí / en la infancia que / me recuerda a ti. Luego, en su poema Tabaquería, escribiría algo distinto y quizá uno de sus versos más bellos:

No soy nada.

Nunca seré nada. 

No puedo querer ser nada.

Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

III

Memoria encendida

Carlitos, un niño de ocho años, personaje escrito por José Emilio Pacheco en Las batallas del desierto (1980), ya es adulto cuando recuerda la calle que fue clave para su niñez, la avenida Alvaro Obregón del México de 1948:

Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante, porque todo lo que existe ahora mismo, nunca volverá a ser igual.

Sin embargo, el mismo José Emilio Pacheco nos advertiría después en un poema: No tomes muy en serio / lo que te dice la memoria. / A lo mejor no hubo esa tarde. / Quizá todo fue autoengaño. ⁄ La gran pasión ⁄ sólo existió en tu deseo. ⁄ Quién te dice que no te está contando ficciones ⁄ para alargar la prórroga del fin / y sugerir que todo esto / tuvo al menos algún sentido.

La inquietud que José Emilio sentía por el paso del tiempo era ineludible, para él la memoria es una ficción, y la vida un extraño suceso que nos sume en la batalla contra el olvido. No me preguntes cómo pasa el tiempo porque tarde o temprano a todos nos espera el naufragio.

Nuestra memoria es frágil y dura lo que duran los días, sólo un cálido recuerdo del sol, nunca su luz completa. Cuando uno voltea ya trae a cuestas los años. ¿Pero quiénes somos ante la calamidad del tiempo y el polvo del olvido?

Tal vez la respuesta está en la invitación que nos hace un recuerdo para encender el corazón de nuestra memoria y viajar a esa edad anterior al tiempo: la niñez.

IV

Un día me acordé de cuando me vi por primera vez en un espejo: era una noche lluviosa, un coche negro, un reflejo, una vida, un niño, una pregunta: ¿alguna vez has visto la lluvia cayendo en un día soleado?

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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