Remolacha

Y el avión trae un lenguaje diferente
para la boca de los cielos de siempre.
Altazor (Canto III)

Trescientas toneladas
de polvo cósmico
caen todos los días
sobre la Tierra

dice una de esas revistas
saturada de adverbios
terminados en mente
y datos inútiles

una cucharadita de azúcar
puede detener el hipo
en tan sólo minutos

dice otra página
con más fotografías
publicitarias que texto

así transcurre el tiempo muerto
mientras espero un vuelo

y la revista no es adictiva
ni interesante
como reza su editorial

pero la sala de espera
está dotada de artilugios
para el desesperado

permite estar
casi ausente

wifi de alta velocidad
dosis gratuita de cafeína
televisiones planas
música relajante
y sillones reclinables

pero yo no puedo aflojarme
estoy inquieto cuando escucho
el tenso despegue de otro avión

los mejores alimentos para limpiar
el organismo son:
la remolacha, la manzana
el ajo, las semillas de linaza
y el limón

y pienso que los poemas
son como la palabra remolacha
acción pulso cortante de remar
a contracorriente
contra el tiempo
y contra todo
lo que enferma

beta vulgaris, betarraga
acelga blanca: ¡betabel!

extraña raíz roja
parecida a un corazón
maltratado

como este poema
rojo de estupor
jugoso juego
de palabras
desintoxicantes

me toco el estómago
y me duele algo
debajo de las costillas

la vesícula es otro corazón
tripa de los enojos
raíz amarga de la vida

ya me lo había dicho el doctor:
uno se enferma de súbito

y la enfermedad
es el último esfuerzo
de la naturaleza
para evitar la muerte

por eso todos los días
hago un inventario

otra cana, otra caries
otra vez esa extraña
sensación en el pecho

y mis días se van
como aviones

llenos de equipaje
deseos y expectativas

y los años se acumulan
como millas

y en esta vida
no hay asientos
de emergencia

y ante la muerte
no existe esa idiotez
de la primera clase

es hora de abordar
suenan los altavoces

y recuerdo lo último
que leí en la revista:

Los aviones
(esos pájaros de hierro)
siempre despegan
con el viento en contra
nunca a favor.

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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