Corazonada

Foto: RIMAS, Mo Gutiérrez de la Serna, 2015


A veces se envejece miles de años en un instante. Un instante, pedazo aquilatado de tiempo. Tiempo enrarecido, salado, como una verdad en los ojos. Ojos como piedras tremebundas, erosionadas por la vitalidad de un río. Río y me acuerdo de aquellos días. Días que pertenecen a otra vida, a otros porvenires tejidos en secreto. Secreto mas no oculto, como un alacrán que aguarda debajo de la cama en forma de sueño. Sueño con mi hermano pero no lo encuentro. Encuentro claros presagios, lagartijas y una barda que sirve de escalera hacia una azotea para ver el cielo. «Cielo» era la palabra que me gustaba para nombrar a ese pedazo de tela. Tela para tapar la realidad que se filtraba como lluvia por la ventana de mi cuarto, clamor de silencio que ahora enmohece el recuerdo de mi infancia y el de un niño muerto. Muerto como un poema que habita los rincones de mi nueva casa. Casa de gatos y de flores. Flores del futuro que se marchitan y retoñan, una y otra vez, como una danza de sombras que no sospechan que existirán sólo un momento. Momento que prende estas manos y hunde lentamente el atardecer en el papel de esta carta. Carta abierta, blanca, como espuma de mar que es tinta, o corazonada, de lo improbable, y de todo lo inmenso que puede atragantarse en una respiración. Respiración contenida y transfigurada en oleaje embravecido por la memoria. Memoria, esa marea alta, encendida como luna o faro en la noche, tan agujero negro, tan lejana y desenfocada, tan parecida a la promesa que alguna vez nos hicimos para darle sentido a nuestro cosmos entero, pero que bastó una (in)decisión para bifurcar el camino. Camino hacia a mí y sé que envejezco miles de años en un instante. Un instante, pedazo de nada que rima agitada en el corazón.

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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