El viejo sueño de Mallarmé

Foto:  Andy Goldsworthy, Rivers and Tides, 2001. 


a Michel Onfray

Llegar real al texto, acabar en una hoja de papel. Esto es el calor del mundo. La escritura, un camino hacia uno mismo. Mas la retórica del viaje se cansa muy pronto. Las palabras, esas viejas rodillas, se gastan con los años. Hay que subir el empedrado y asumir en la cojera nuevos horizontes. Y si no, inventar otras formas de destino, otras geografías en el aire. Porque para aprender a usar las manos como un par de brújulas y sacar las nubes del mapa, se necesita beber del fermento de las voces y su tinta seca:

todo es memoria extendida sobre la piel,
plegada en verso
como plegaria insular.

Pero sin extravío, la teoría del viaje es incompleta. Extraña paradoja. Sin la experiencia, la poesía sufre indigencia, pierde el fuego del sentido, su integridad de callejón. Por eso la importancia del arrebato, del trance, esa levadura de escribir camino a casa, en el metro, en un estornudo, con la tristeza encharcada, en total oscuridad. El poema, quintaesencia del sueño, presta otros ojos, así como la prosa, en contrapartida, capta el aroma del tiempo, elástico como la luz o brillante como el pensamiento de Mallarmé reflejándose en las aguas de un río de temperatura tibia. De ahí que los versos, esas selvas de la noche, se saturen de conversaciones, de otros aromas, de recuerdos y caricias de hojarasca en la espalda. Solo entonces el rumor del río dejará de ser el mismo, lo que se escribe es fracaso: un arroyo violento de amores trazados en el bochorno de despertar,
otra vez,
solos.

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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