Sortilegio

Objet trouvé

En la madrugada perdí el poema que tenía destinado para este viernes. Era la una menos cinco cuando empecé a buscarlo dentro de mi garganta, pero sólo encontré un grillo y un incipiente dolor de muelas. Entonces fui al papel para hacer un anuncio de «se busca», mas mi tinta de nubes ennegrecidas estaba escasa de palabras. A ver qué tengo por aquí, me dije: palabras para ser tragadas. No. Palabras como alacranes debajo de la cama. Tampoco. Palabras de la buena suerte como patas de conejo, tréboles de piedra y extrañas raíces en el pecho. Estas pueden ser. Pero no las usé porque sabía que tú habías sembrado unas palabras de acahual en mis rincones absurdos. Busqué entre mis libros, en guaridas de lobos y en uno que otro agujero negro de mi casa. Dónde está ese chingado poema. Fue justo al cuarto para las cuatro cuando lo hallé debajo de la alfombra en un montoncito de polvo enamorado que asemejaba la forma de una sortija. Lo miré y vi que el poema tenía tu cara y la mía, la misma cara de esa moneda que siempre tiro al aire esperando cumplir la promesa de cada noche desencajada: mañana también va salir el sol. Pero antes de que siquiera pudiera cantar el volado, un silencio me abordó y se vino a soñar conmigo.

Promesa

Lo que escribo casi siempre se me sale de las manos. Hay una leve electricidad en el aire, como de tormenta, como de tristeza. Y no cabe el instante. Uno lo respira, mas no hay espacio en el pecho. Uno piensa que es el universo que se expande, pero es más una tos desértica que un cambio en el rumor forajido de la sangre. Tampoco es nostalgia de antiguos párpados y pájaros azules, ni nada parecido a esas largas caminatas a solas con los átomos grises de tu melancolía. No sé qué sea pero el tiempo rueda y no me deja dormir. Por eso voy al escritorio y me desdoblo lento en el silencio, esa rara raíz de la palabra. Y lo hago para comunicarme contigo en ese cosquilleo de la punta de los dedos, en los murmullos de la noche que hierven como un té de jengibre, o en una comezón como de perro insomne, como de caminito de hormigas negras en la cocina de la mente. Entonces alguien que no soy yo pero que se parece a mí viene a decirme algo al oído. Y mi corazón se infla como un pan incesante. Es mi pánico que te convierte en poema. Y me habla con olores, con miedo a los recuerdos que se escriben igual que partituras para una sinfonía de bambú. Pero lo escrito se resiste a ser tocado, la emulsión de la memoria, esa vieja herida que me ama porque está cosida con uno de mis cabellos, es la poesía que no cicatriza, más bien se abre, respira y cae. Ahí está en vilo la pata que le faltaba al conejo, es un alacrán invisible que me pica una muela cuando descifro un mensaje tuyo perdido en mi biblioteca. Así te encontré, doblada en una hoja de papel, airosa de esa tempestad que encrespó tu nombre, en el sol que ahora se posa como una promesa en tu dedo y vuela.

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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