Elogio a la lectura

I

Llévate un libro a algún espacio apartado del ruido, de preferencia un lugar iluminado donde puedas sentarte o acostarte cómodamente. Ahora ábrelo y pon los ojos en la primera palabra que encuentres. Ve de izquierda a derecha hasta topar con un abismo y, sin miedo, salta al siguiente renglón. Si es poesía, caerás al fondo de ti mismo como lo hizo Altazor y verás cascadas de nubes y significados fluyendo hasta estrellarse en el fondo de la hoja en blanco; si es prosa, entonces el texto se extenderá hasta el horizonte como una carretera con curvas de serpiente y escamas de nuevos sentidos. Viajarás sobre el asfalto del lenguaje, enloquecido, como lo hizo Kerouac haciendo autostop. Entre más lees más sientes cómo el aire te despeina la mente. Cada palabra invoca al viento y quiere ser dicha en voz alta, pero tú tienes un pacto con el silencio. Cada palabra agrega más sentido y te asombra aún más, como una larga caminata en un bosque soleado. Caminas como lo hizo Nietzsche y después Thoreau. Caminas y te pierdes en esa zona boscosa del tiempo libre. Cada nuevo sentido es un sendero que se bifurca y reta a las palabras anteriores para comenzar a desaparecer y convertirse en esa puerta a otro mundo, la imaginación. Ya no lees palabras, sientes cosas: lo intangible cobra textura, los colores se huelen, los olores se ven y la vida se saborea de otra forma. Y entonces la lectura se convierte en un transporte que te lleva a todas partes sin moverte ni un sólo centímetro de donde estás.

II

Lees porque te da placer, nunca por obligación, ni mucho menos por la prisa de terminar un libro. A veces dejas la lectura a la mitad porque eres errante, lento o caprichoso, o porque simplemente amas saltar de un libro a otro como un niño loco que brinca de felicidad en su cama. Tienes una modesta biblioteca en casa que siempre te despierta en medio de la noche porque te habla como un espejo. Tienes libros sin abrir que compraste hace años porque los guardas para tiempos aciagos, para momentos de incertidumbre y desasosiego. Están ahí, en un librero especial, vigilantes como salvavidas. Tampoco lees libros que no te gustan, siempre buscas uno que se ajuste a ti, a sabiendas que hay algunos inesperados como los amores, libros fortuitos como la lluvia, libros que llegan sin avisar y a los que uno debe entregarse por completo. Te abandonas a la lectura sobre todo para revivir el tiempo muerto. Y aunque sabes de la fidelidad de los libros, que ellos nunca abandonan, tú les rindes homenaje entregando tu compañía y leyéndolos. Entonces ellos ronronean como bestias sabias en la intimidad del tiempo libre, en la solitud voluntaria o involuntaria. Son tus amigos, maestros que te aconsejan, te regañan, te enamoran y que en su atemporalidad saben hablarte en silencio.

III

Por eso lees, porque te gusta la soledad, la quietud y la calma de un libro. Y porque es la única actividad en donde puedo estar contigo a la distancia, querido lector.

Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

2 Comments

  1. Qué letras tan sublimes, tan sensibles, tan reparadoras… qué letras tan engrandecedoras.
    Gracias por la magia de poderte leer.

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