La soledad de la escritura

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Mi soledad no depende de la presencia o ausencia de alguien.

—Friedrich Nietzsche

La gran soledad, así la definió Rainer Maria Rilke en Las cartas a un joven poeta. «Ama tu soledad y soporta el dolor que causa. Deja que su queja resuene con belleza.» Esa reverberación interna, callada, parecida a una noche profunda, era la que el escritor checo buscaba de forma obsesiva en su vida y sus múltiples viajes. Decía que antes de escribir había que caminar dentro de uno mismo para «no encontrar a nadie por horas.» 

Rainer Maria Rilke, 1901. Foto coloreada por Olga Klimbim.

Fernando Pessoa nunca estaba solo, era muchas personas dentro de una persona, tal vez por eso escribe con una de esas voces —la de su heterónimo Bernardo Soares— en El libro del desasosiego que «la libertad es la posibilidad de mantenerse aislado». Para el portugués la soledad es “ser libre”, que no es lo mismo que “estar libre”, y esta libertad consiste en no sentirse obligado a ganar dinero, amor, fama, ni siquiera buscar a los demás por curiosidad, porque todo ello, dice el poeta, es un yugo: «Si te resulta imposible vivir solo, es porque naciste esclavo». 

Este es el baúl donde supuestamente Pessoa guardó alrededor de 30 mil documentos de su autoría atribuidos a 136 heterónimos. Está exhibido en el museo de Fernando Pessoa, en Lisboa.

En los Diarios de Virginia Woolf hay varias anotaciones sobre el mismo tema, una de ellas dice: «Necesito soledad. Necesito sentir que me pertenezco». Si para Rilke esa soledad es un bello dolor, para Woolf es menester de identidad, como si la escritura y la soledad fueran madera del mismo árbol, como si escribir fuera tener otra vida, la verdadera, la que se vuelve un refugio personal. Por eso no es extraña la metáfora de la escritura como un cuarto propio o como un lugar íntimo; es un espacio que debe mantenerse oculto, resguardado de la algarabía, porque debe servir a la escritura como un catalizador de silencio o, como dice Fabio Morábito, para recogerse en «la sordera de las palabras». 

La mesa de trabajo al aire libre de Virginia Woolf, fotografiada por Gisèle Freund (1965).
La mesa de trabajo al aire libre de Virginia Woolf, fotografiada por Gisèle Freund (1965).

Ejemplos de lugares para escribir hay muchos, ahí está la famosa cabaña de Henry David Thoreau que es la edificación misma de la intimidad de un escritor que gustaba de caminar al aire libre: «Todo lo bueno es libre y salvaje», como aquel que construye una casa con sus propias manos para apartarse del ruido del mundo, una morada que tiene la misma hechura que el nido de un pájaro: la naturaleza. «Me encanta estar solo», dice Thoreau en Walden, «nunca he encontrado un compañero tan sociable como la soledad».

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Walden, una réplica de la cabaña de Thoreau.

Con esta motivación fue que Michael Pollan construyó su propio espacio de escritura: «Una habitación propia: ¿hay alguien que no haya deseado nunca tal lugar y no ha vuelto a pronunciar esas suaves palabras hasta que haya adquirido una forma habitable?». Pollan piensa en Thoreau, en la arquitectura como un estado del ser, también en Heidegger, pero llevando de verdad la tecné a la praxis.

La cabaña de Michael Pollan.
La cabaña de Michael Pollan.

El inspirado Michael Pollan erigió su refugio en su propio jardín. La hermosa cabaña es para «leer, escribir y soñar despierto». Todo lo que ha escrito desde entonces ha sido forjado y esculpido en esa pequeña cabaña: «los sueños se convierten en escritura y luego se vuelven madera y piedra y vidrio, para tomar sitio a continuación en el mundo palpable». Pollan nos cuenta en su libro A Place of My Own que la admiración de varios escritores hacia los arquitectos procede de la habilidad de transfigurar su pensamiento en una realidad dimensional, la arquitectura y la carpintería son para la escritura «metáforas que usamos para aderezar nuestras efímeras creaciones».

Sobre el lugar de la escritura, Stephen King, en su libro de memorias On Writing, dice que se empieza así: «poniendo el escritorio en una esquina y, a la hora de sentarse a escribir, recordando el motivo de que no esté en medio de la habitación: la vida no está al servicio del arte sino al revés.»

«Las personas tranquilas tienen las mentes más ruidosas.»

Por otro lado, están también los que no pueden escribir en casa y deciden salir a tomar la calle, un restaurante o el bullicio de un café, como George Perec que escribió todos sus libros como tentativas de agotar los espacios. El lugar mismo como el leitmotiv de la escritura. Alguna vez dijo que su principal interés era el empeño en responder una sola interrogante: cómo mirar lo cotidiano. Para Perec, escribir es «intentar meticulosamente retener algo, hacer sobrevivir algo», en este caso, el espacio.

«Describe tu calle. Describe otra. Compara.» Este fue el mantra del escritor francés Georges Perec. Escrito en su ensayo L’infra Ordinaire en 1973.

Sobre este tema, Ursula K. Le Guin escribe en Contar es escuchar que «la escritura no hace ruido, excepto quejidos, y se puede hacer en cualquier parte». La escritura es una soledad silenciosa y ubicua, nómada, pero esta no es la ausencia del ruido, se escucha adentro de uno mismo, es como dice Rilke: «la hora más callada de la noche».

«Hay que aprender leyendo buenos textos y tratando de escribir así. Si un pianista nunca ha oído a otra persona tocar el piano, ¿cómo va a saber lo que tiene que hacer?» —Ursula K. Le Guin.

Franz Kafka, que llevaba la soledad a todos lados como un sombrero, caminó entre las oscuras calles de Praga tal vez pensando lo que una vez escribiría en una carta: «la escritura es la soledad absoluta». En un descenso al frío abismo de sí mismo, la soledad de Kafka es una carta de amor a la escritura, una apología de la solitud

Una página del manuscrito de “El juicio”, de Franz Kafka. Archivo de Literatura Alemana, Marbach.

Octavio Paz, que gustaba de escribir caminando, dijo en Principios: trabajos del poeta que «aquel que de veras está a solas consigo, aquel que se basta con su propia soledad, no está solo», y tiempo después dedicó un libro entero a su soledad. En El laberinto de la soledad Paz es certero: «Entre el lenguaje, ser por naturaleza social, y el escritor, que solo engendra en la soledad, se establece así una relación muy extraña: gracias al escritor el lenguaje amorfo, horizontal, se yergue e individualiza; gracias al lenguaje, el escritor moderno, rotas las otras vías de comunicación con su pueblo y su tiempo, participa en la vida de la Ciudad.» La soledad es la madre, y el lenguaje materno es una de las formas que tiene el escritor para confirmar su existencia, su relación con el mundo y los otros.

Octavio Paz en la terraza de su estudio. En la delegación Cuauhtémoc, 1988. Fotografía de Rogelio Cuéllar.

De Julio Cortázar se sabe que escribía donde fuera, tan solo necesitaba una silla y algo parecido a una mesa para poner su máquina de escribir, una Olivetti Lettera 22. Cuando en una entrevista le preguntaron cuáles eran sus lugares preferidos para escribir, Cortázar contestó que no tenía: «Escribo cuando estoy seguro de tener algún silencio. No puedo escribir si hay música, eso está absolutamente excluido. La música es una cosa y la escritura es otra. Necesito una cierta calma; pero, dicho esto, un hotel, un avión a veces, la casa de un amigo, o aquí en casa, son lugares donde puedo escribir.»

«Yo me veo a mí mismo en el momento de ir a la máquina de escribir o al bloc de papel dominado por una fuerza que no tiene nada que ver con la inteligencia, con la conducta o la voluntad.»

Pero si la escritura siempre ha ido de la mano de la soledad, ¿qué hay que decir de la lectura? Ambas requieren de intimidad, quietud y calma. Porque el deseo de escribir nace casi siempre después de haber leído algo. Uno quiere y busca replicar en cierta forma lo leído, como si las palabras encontradas en la página no bastaran. Y la necesidad de escribir y de seguir leyendo es proporcional a la necesidad de estar solo y en silencio.

La escritura nace de esa soledad, el silencio es parte de su configuración, pero esta a veces es esperada, a veces elegida y, algunas veces, las más de las muchas, tan interrumpida, que hay que aprender a saber entrar y salir de ella. «Se trata de un paisaje interior. Está adentro y es íntimo», escribe Leonard Cohen en How to speak poetry (Cómo decir poesía). Pero, de forma paradójica, lo escrito sirve para abrir esa coraza solitaria. Cuando el lector llega a leer el texto, la labor de quien escribe se completa. El paisaje ya no es de uno mismo, sino que se comparte en la ventana que es el libro. O como lo dijo Paul Auster en La invención de la soledad: «cada libro es una imagen de la soledad». Si la palabra imagen —que viene del latín imago— significa retrato, copia o imitación, entonces Auster tiene razón, el libro es un retrato de su autor, una copia de su soledad, «es un objeto tangible que uno puede levantar, apoyar, abrir y cerrar, y sus palabras representan muchos meses, cuando no muchos años de la soledad de un ser humano, de modo que con cada libro que uno lee puede decirse a sí mismo que está enfrentándose a una partícula de esa soledad».

«No estabas, no estarás / pero el oleaje de una espuma remota / confluía sobre mis actos y entre mis palabras». —JEP

La escritura es entonces un acto singularmente solitario, pero se hace plural cuando lo escrito se comparte. Entre más honda es la soledad, más honda será la escritura, pero «la escritura es la más solitaria y colectiva de las artes», decía José Emilio Pacheco. El libro figura entonces como el resultado de esa soledad, una soledad compartida. Tal vez por eso cuando uno abre las páginas de un libro, uno siente caer una extraña felicidad sobre los hombros. Es una forma de soledad que silencia, en donde solo está el acto de leer y el mundo que se proyecta junto con las palabras. Con razón dice Auster que lectura y la escritura son «el único acto íntimo entre dos extraños que todavía es posible». Esos dos extraños somos tú y yo, tú que me lees y yo que te escribo.


Texto leído el 20 de junio de 2019 en San Antonio Texas para: Gemini Ink Writers Conference: La geografía de las palabras.
Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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