Mi querido Rimbaud, el día de hoy llegó una carta suya a mi domicilio. Me he quedado toda la mañana contemplándola desde mi escritorio antes de abrirla. Es inesperada como este calor en pleno invierno. Es rara porque se supone que usted y yo ya no nos hablamos. Debe saber que de cierta manera me ha extraviado con una sonrisa. No podría decir qué clase de sonrisa, ni qué tipo de extravío, usted tendrá que interpretarlo con la memoria. Su carta no trae dirección de remitente y eso me impide la posibilidad de contestarle por esa misma vía. (¿Vino usted hasta mi casa a entregarla personalmente? ¿Cómo supo dónde vivo? ) Su carta también es intempestiva, aún no entiendo la razón de su destiempo, porque de acuerdo al recibo que encontré dentro del sobre (habrá usted tenido una razón para dejarlo ahí), ha sido enviada después del mediodía del 19 de Marzo de 1999. Han pasado muchas cosas desde entonces. Por ejemplo, que estoy a punto de cumplir los temibles cuarenta, que las canas se asoman y que a pesar de que las arrugas me traicionan, me siento como una vid. Ya son otros los sueños, he vivido otras vidas. He cambiado, sospecho. Y, por obviedad, usted también, si es que aún no se ha matado por accidente con una de esas armas que se ha empeñado en traficar. Por cierto, ¿cómo va ese dolor en la rodilla que tanto le aquejaba? Debo comunicarle que su carta me preocupa por la brevedad con la que ha sido escrita. (¿Una hoja en blanco puede ser una carta?) Y porque al leerla recordé aquellos versos que alguna vez me leíste en voz alta y que hasta el día de hoy han cobrado sentido: añoro aquellos días, cuando la savia cósmica, el agua de los ríos y la sangre rosada. Lo sé, la vida es un río, como decía Heráclito, en el que nada permanece. Pareciera que su carta ha sido inscrita con agua sobre las rocas, con la prisa caudalosa de alguien que no sabe que está de paso. Es reveladora, tal vez sea la que más dice de usted. Hay una “R” negra, delicadamente recortada, que me recuerda a nuestras conversaciones sobre Cortázar y a la pobre imitación afrancesada que usted hacía con ese humor suyo que aún nadie entiende. Esas erres belgas, esas erres rotas, esa errancia característica de nuestra amistad. En su carta flota esa letra como el aroma de la tinta azul con la que usted escribió Almost blue y que detona esa poderosa música de Chet Baker en mi cabeza. Así has venido a mi memoria, casi como un perfume o una caricia bajando por ríos impasibles. Es raro, no es esta absurda añoranza, ni ningún otro cliché de esos que se escriben en cartas a uno mismo, pero siento el peso de su ausencia en la hoja de papel. Llámela nostalgia, o acaso extrañeza sea la palabra correcta. Pienso en ella mientras me reflejo deformado en el monitor y sonrío lleno de recuerdos: Y donde, de repente, al teñir los azules, / ritmos, delirios lentos, bajo el fulgor del día, el sabor del vino, el de las lecturas misteriosas, el de los nuevos caminos, el del primer amor, el del asombro oscuro con el que sus ojos me buscaban, el de ese tiempo pasado que ahora se ufana en la lejanía del presente. Extraño sus arrebatos apasionados, mi locura rimbombante, su eterno “yo soy otro”, mis diecisiete años y, sí, temo decirlo: it’s almost blue.

Heme aquí, mi querido Rimbaud, adentro de su carta, extraño de mí mismo, con el desasosiego en la mano, buscando el pedazo de lazo que se ha roto entre nosotros y escribiendo con la certeza de saber que esta carta nunca llegará a la otra orilla.

Suyo hasta la muerte, Paul Verlaine.

Ciudad de México,

Viernes 25 de Febrero 2022.

 

Un comentario

  1. Qué bella carta, ha llegado hasta la orilla y será siempre leída 💖

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