Ser un cuchillo de sierrita no es fácil. Sobre todo si no eres como esos cuchillos brasileños bien parecidos. En efecto, yo no fui comprado en una tienda departamental de prestigio, ni mi valor es alto, ni mucho menos soy un cuchillo de marca tramontina, pero cumplo mi función y creo que eso es lo único que importa en una cocina. Cuando llegué al cajón de cubiertos me acomodaron a lado de ella, una cuchara sopera que de inmediato me ignoró. No sé por qué si el tenedor que se ve bien punk me dio la bienvenida y hasta los palillos chinos intentaron saludarme. Incluso el sacacorchos se presentó de manera muy formal. Se ve luego luego quién manda. Yo no supe qué hacer con ese silencio, me sentía incómodo, así que decidí no moverme ni un milímetro. Llevaba así una semana hasta que me usaron por primera vez. No lo sé de cierto, pero creo que los demás cuchillos andan desafilados o tal vez están en huelga. El caso es que me utilizaron para cortar un jitomate, luego una cebolla, seguido de un limón sin semilla y al final un chilito de árbol para después mezclar, de izquierda a derecha, una salsa de pico de gallo. No había terminado de saborear el picor cuando sentí cómo volé de forma violenta hacia el lavabo. Ahora entiendo por qué le dicen fregadero a ese lugar. Caí encima de un plato hondo que estaba encabronado porque una taza lo tenía bañado en leche. Y bueno, a pesar de que solo en esa ocasión tardaron en lavarme, lo cual me preocupó porque mi madera en el mango no tiene un buen recubrimiento de barniz y no quiero pudrirme, me he sentido muy bien con mi desempeño. A partir de esa salsa me han empleado para tantas cosas, que no he vuelto a ver a nadie. La noche pasada me agarraron para algo que se supone es un secreto. Ya había probado la sangre con anterioridad, pero nunca la humana. Hoy que huelo bien y un rayo de sol me calienta en el escurridero, tengo la esperanza de que me devolverán al cajón de los cubiertos. Ojalá esta vez pueda hablarle a la cuchara, mínimo ya tengo algo que contarle.

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