La fuente de los principios 

Esto era lo que yo también, en un principio, tenía la intención de hacer…”

Haruki Murakami 

I

Un instante que lo cambió todo

En la primavera de 1978, un escuálido japonés de 29 años de edad se escapó de su rutina de trabajo para ir a un partido de béisbol. Parecería todo un asunto normal, salir solo, beber cerveza y distraerse. Pero en un momento crucial del juego, cuando uno de los bateadores conecta un doblete, ese hombre experimentó una revelación. Un pensamiento tan disruptivo que tal vez resonó en su mente como el golpe seco del bate contra la pelota:

«Puedo escribir una novela».

Al salir del estadio, el japonés estaba más decidido que un samurái. Esa misma noche empezaría su primera obra. Pero, otro pensamiento lo detiene: “Cuando reflexioné acerca de sentarme en mi escritorio en casa y disponerme a escribir, me di cuenta de que ni siquiera tenía una sola pluma decente”. Con determinación, el samurái sin espada cambia de rumbo y se dirige a la famosa tienda Kinokuniya en Shinjuku. Ahí adquiere un paquete de papel y una pluma fuente marca Sailor de tan sólo mil yenes (unos 117 pesos mexicanos actuales). Seis meses después, entrado el otoño, el joven ya había completado una novela de 200 páginas meticulosamente escritas a mano. Se trataba de “Kaze no uta wo kike” (“Escucha la canción del viento”) de Haruki Murakami. 

Este episodio, narrado en sus memorias “Hashiru koto ni tsuite kataru toki ni boku no kataru koto” (“De qué hablo cuando hablo de correr”), desentraña el modesto origen de Murakami como escritor. Es un libro al que le tengo especial cariño, pues representó mi propia iniciación como novelista. 

II

La tinta que corre o el error de principiante

La mente de principiante es ilimitada.”

Shunryu Suzuki

Uno siempre comienza su camino buscando lo que los maestros buscaron, aunque esas primeras búsquedas tomen décadas. Era el otoño del 2010. El PAN estaba en el poder y acababa de celebrar de forma pomposa el Bicentenario de la Independencia de México y también los cien años de la Revolución. Tighten Up de The Black Keys era la canción que yo escuchaba una y otra vez en mi ipod nano. Tenía 28 años, escribía poesía, aún no publicaba, y trataba de encontrar una lectura que me permitiera nutrir mi recién descubierta pasión por correr. No recuerdo por qué fui al Sanborns de Plaza Insurgentes, pero ahí vi, en el estante de las novedades, un libro que llamó poderosamente mi atención: en la portada mostraba a un hombre corriendo sin playera, de espaldas, en una carretera de asfalto. El título era aún más obvio: “De qué hablo cuando hablo de correr”.

El libro estaba escrito por un tal Haruki Murakami, un autor japonés que yo desconocía, pero que desde las primeras páginas me atrapó por su sencillez y por sus reflexiones en torno al oficio de escribir. No me duró ni una semana. Era un diario de sus experiencias como corredor, pero que usaba hábilmente el acto de correr como una alegoría de la escritura. Tensaba, como si fueran un par de agujetas, el ejercicio físico y la salud mental con la literatura, y comparaba el esfuerzo de largo aliento para escribir una novela con el de correr un maratón. Si pudiera resumirlo en una sola frase, diría que es una poética de la escritura, una que acusa una doble vida: la soledad de quien corre y la solitud del escritor frente a la página en blanco.

La primera edición, 2010. Las hojas ya están amarillas.

Las palabras Murakami no sólo me ayudaron a mi técnica como corredor, también revelaron mi anhelo de escribir una novela. En mi caso no fue una certeza absoluta como la de Murakami, se derivó más bien como una maldita duda que me sigue persiguiendo: “¿Yo también puedo escribir una novela?”. La inquietud se me clavó ahí, molesta e invisible como la espina de una tuna. En un principio, era lo que yo quería hacer el resto de mi existencia, eso estaba claro y por eso lo formulé en mi mente así: “Quiero escribir para vivir”. Aunque años más tarde me daría cuenta de que lo enfoqué mal, con un interés económico de por medio, cuando en realidad lo debí haber pensado al revés y de forma más pura: “Vivir para escribir”. Así de simple.

Mi escritorio en 2010.

El dilema radicaba en cómo lograrlo, pues por aquel entonces mi habilidad para escribir prosa era inexistente. Mis lecturas se limitaban a poemarios, ensayos filosóficos y novelas de fantasía y ciencia ficción, lo que me hacía sentir un ignorante. Consecuente con mi obstinación, me propuse leer libros sobre el arte de la escritura y me sumergí durante años en una extensa cantidad de títulos que confirmaron lo que ya intuía: no se puede aprender a escribir una novela desde lo teórico, hay que meter las manos a la masa, como cuando haces un pan. Quizá no salga bien a la primera, pero cada intento será mejor que el anterior. Viéndolo en retrospectiva, la experiencia sobre cualquier conocimiento no surge de la nada; la única manera de ganarla es, valga la redundancia, experimentando. Por ello, continué escribiendo novela tras novela. Aunque hasta la fecha las tres que he escrito han resultado en fracasos, mantengo la esperanza de que algún día completaré una que me deje satisfecho. 

Lo único que me da consuelo es otro episodio que Murakami narra en el prólogo de “Escucha la canción del viento”. Se trata de un segundo momento de inflexión en su vida, cuando él también tuvo severas dudas sobre lo que estaba escribiendo, vacilaciones que incluso lo hicieron pensar en abandonar su incipiente carrera.

Murakami había finalizado de escribir su primera novela y, al leerla, experimentó una gran decepción. Sus expectativas eran demasiado altas: “Aunque tenía la forma de una novela, su lectura no despertó mi interés, (…) no había nada en ella que me conmoviera…” ; “Definitivamente, no tengo el talento necesario para escribir novelas”, se dijo derrotado. 

Puedo imaginar la desesperación que experimentó, especialmente después de haber dedicado tanto tiempo, incluso sacrificando horas de sueño y escribiendo hasta el amanecer luego de la jornada de trabajo. Sin embargo, Murakami se sobrepone y cambia su narrativa reconsiderando el problema desde una perspectiva más positiva. Se dice a sí mismo que era natural que no hubiese sido capaz de escribir bien una novela. Al fin y al cabo era la primera vez que lo hacía y no sabía cómo. Su tropiezo, analizó, estaba en pretender escribir una buena novela, comparando su obra con las obras de los escritores que admiraba. Un error que creo, todos los principiantes debemos sobrepasar. 

Haruki en su club de jazz en 1978. Fuente: Paris Review

Murakami llega a resolución de que jamás podría escribir igual que Dostoyevski, pero que sí sería capaz de escribir algo distinto, de calidad; algo que no se pareciera a Kawabata o Tanizaki, los grandes escritores japoneses, sino algo original, algo fiel a sí mismo, algo que solamente podría hacer Murakami siendo Murakami. Y así lo hizo, sacó del closet su vieja Olivetti y se dispuso a reescribir la novela defectuosa en inglés, idioma que no dominaba y que por ello tuvo que usar un lenguaje sencillo, de frases cortas y claras; luego, una vez terminada la rescritura, la volvió a reescribir, esta vez a mano, retraduciendo todo al japonés. La labor se parecía a la de un escultor que fue hallando una forma sublime en la piedra. Murakami había encontrado algo asombroso, había descubierto su voz. Tal vez por eso la primera frase de esa accidentada primera novela sea la siguiente:

La escritura perfecta no existe. De la misma forma que tampoco existe la desesperación absoluta”.

Primera edición de “Escucha la canción del viento”.

III

Renacer

Puedo recordar exactamente la sensación. Fue como si algo hubiera descendido suavemente desde el cielo, y lo había atrapado limpiamente en mis manos. No tenía idea de por qué había tenido la suerte de que cayera en mis manos. No lo sabía entonces, y aún no lo sé ahora. Sea cual sea la razón, había ocurrido.”

Haruki Murakami

Hay una extraña belleza en el misterio que envuelve todo principio. El origen del origen, la semilla que comienza a germinar cuando uno rompe con su realidad y se entrega por completo al llamado de la vocación. Para quien se dedica al arte, ese momento suele ser una epifanía, una escisión en la línea temporal; una duda, pero también una certeza, y casi siempre un punto de no retorno. Como dice Octavio Paz: “Es un segundo nacimiento”. Para Murakami fue el batazo en el estadio de beisbol, para mí fue encontrarme con su libro en el momento que lo necesitaba.

Navegando en un mar de causas y efectos, pienso en el poder oculto que tienen ciertos objetos, en su capacidad involuntaria para alterar el rumbo de nuestros días. Para bien o para mal, una sola cosa puede dirigirnos a lugares insospechados. Bajo esta premisa no es extraño imaginar que tal vez sin esa pluma fuente, Murakami nunca hubiera dado vida a esa novela y su camino como escritor jamás hubiera iniciado. Simplemente que él recuerde la pluma le otorga un valor relevante en su biografía, es una inflexión. Desconozco si Murakami aún la conserva, pero sería un tema fascinante como punto de partida para entrevistarlo. Sea como fuere, los objetos también tienen memoria, almacenan la historia que protagonizaron, constituyendo pruebas tangibles de ese instante clave en el tiempo. Tal es el caso del libro de Murakami para mí, que ahora releo con mucha pasión y atesoro como si fuera una biblia. Trece años después de la primera lectura, me pregunto, ¿cómo influyen los objetos en la construcción de la historia personal y en la percepción de uno mismo? Visto así, la arquitectura de nuestra identidad en muchas ocasiones parece edificada entre el azar y el destino. Por eso cabe preguntar, ¿qué pasaría si quitaras un objeto clave en tu vida? ¿Un anillo, una carta, un libro, una bufanda? ¿Dónde estarías tú, dónde estaría yo, qué sería de nosotros, querido lector? 

Nota: Dos datos fascinantes que añaden una capa adicional a esta historia: 1. Murakami optó por no hacer una copia de esa primera novela, presentando el original para concursar por un premio literario de una revista (que finalmente ganaría), pero pudiendo haber perdido para siempre lo que había escrito con tanta tenacidad. 2. La pluma Sailor que era muy barata en aquel tiempo, ahora tiene un valor comercial de 8 mil pesos.
Javier Tinajero R.
Para reconocerse tuvo que andar a favor de los vientos.

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